El matrimonio a través de la historia
Resulta que nos sorprenderíamos si supiéramos que el amor ha sido importante a la hora de casarse sólo los últimos ciento cincuenta años de la historia de la humanidad. Para empezar, las primeras relaciones macho hembra desde la época prehistórica, es decir de los homínidos, podía haber sido compartida dependiendo de las diferentes comunidades, es decir, hombres y mujeres no conocían la fidelidad como nosotros. Compartían parejas en diferentes momentos para entretenimiento o protección; pero no todas las comunidades fueron iguales, algunas tenían tres soberanos en la familia, dos hombres y una mujer o dos mujeres y un hombre, dependiendo de cómo ellos veían los beneficios de la comunidad. El principal determinante del parentesco era la paternidad, pero fuera de eso, no había reglas.
Conforme las comunidades se fueron convirtiendo en humanos –mayor razonamiento- sus costumbres se fueron definiendo y sus valores se impusieron. Convivir en comunidad implicaba ciertos sacrificios que provocaron familias de una sola pareja en protección de los descendientes ante el resto de la sociedad.
Así se llegó a intentar la práctica de la fidelidad, por lo general con serias dificultades para conseguirla en todos los momentos de la historia humana, porque su naturaleza es, en un porcentaje muy alto, polígama. Los griegos, con sus obras de teatro, procuraron educar a su pueblo instruyéndoles que tener relaciones con miembros de la familia no era sano, incluso se les hacía creer que causaban graves consecuencias a los que cohabitaban con su madre (Edipo Rey de Sófocles) o quienes se acostaban con sus hermanos o hermanas.

Poco a poco la humanidad con diferentes historias en las culturas múltiples que nos antecedieron, fueron consolidando el concepto que conocemos como familia dentro del matrimonio; los movimientos religiosos influyeron mucho en el concepto de culpa para que la gente evitara la promiscuidad y se avocaran a fundar una familia con principios de fidelidad, aunque no hubiera amor.
Antes del siglo XIX, -diecinueve- los matrimonios se acordaban entre los contrayentes o sus padres con fines de mejora económica, sustento familiar, situación psicológica de los otros hijos (si la hija mayor no se había casado, debía ser ella quien se casara primero y si algún pretendiente intentaba cortejar a la menor era obligado a esperar o a elegir a la mayor).
El amor no era un asunto importante, ni siquiera era necesario; muchos de los contrayentes ni siquiera se conocían hasta la noche de bodas. Primero era la estabilidad de los padres, pues en general los jóvenes eran obligados a obedecer las disposiciones del jerarca o padre, algunas verdaderamente ridículas pero para ellos eran un asunto de obediencia casi religiosa.
Así que ya lo sabes, si tienes la oportunidad de cortejar a alguien con miras a consolidar una familia, considérate afortunado, muy pocos en la historia pueden tener esa suerte, pues incluso hoy en día, en culturas orientales principalmente, las prácticas de convenios matrimoniales de antaño siguen vigentes.